38 Estrellas / La mayor fuga de una cárcel de mujeres de la historia

38 Estrellas / La mayor fuga de una cárcel de mujeres de la historia

T/ Josefina Licitra // Gentileza de Seix Barral


Cap 1.

 





Cuatro mujeres juegan al truco sentadas sobre una alfombra.
—Voy —dice una.
Mira a su compañera y apoya un naipe sobre la tela gastada.
—Envido —dice otra.
Se hace un silencio breve, impuro. Lleno del ruido doméstico del resto de las presas en el pabellón. Las cuatro miran el lienzo donde están las cartas. Está dispuesto bajo una luz lívida y plana, y sobre una superficie irregular. En lugar del suelo, debajo hay una tabla. Cubre un agujero fresco, recién hecho, de unos ochenta centímetros de diámetro.
—Anda cargada —dice una tercera y se dirige a su pareja: —Digo que no.
—Entonces no —dice la cuarta.
Pausa.
Una jugadora anota un punto en un papel de armar cigarros. Parece concentrada, y lo está. Pero no en el juego de cartas.  
En unas horas, si todo sale según lo planeado, estas reclusas —y las que están mirando televisión, y las que preparan la cena, y las que rondan las habitaciones fingiendo hacer actividades de rutina— correrán la alfombra y la tabla y se escurrirán por el boquete hasta perderse por las cloacas de Montevideo: una ciudad chica —apenas supera el millón de habitantes—, donde solo se desaparece bien si se está bajo tierra.
—Así que la gente cargada te da miedo… —una de ellas hace un guiño—. Pah, qué cobarde resultaste…
Las compañeras festejan la ironía con una sonrisa discreta. El aire fétido, ganado por las emanaciones cloacales que vienen del pozo, les recuerda que están en la línea de largada de una carrera orquestada por gente capaz de sobreponerse al temor. Desde afuera, durante tres semanas, una cuadrilla secreta cavó silenciosamente el último tramo del conducto —el que une el penal con las redes de desagüe subterráneas— y pasó por debajo de las botas de las decenas de guardias que vigilaban el perímetro de la cárcel.
Hasta que hoy, 30 de julio de 1971, llegaron al punto delimitado en el mapa: la habitación chica del área de presas políticas del correccional de Cabildo; el lugar donde se alojan cuarenta y dos militantes de izquierda, la mayoría pertenecientes al Movimiento de Liberación Nacional- Tupamaros (MLN-T), una organización clandestina que décadas después se hará internacionalmente célebre con la llegada de José «Pepe» Mujica —cuadro político del MLN— a la presidencia de Uruguay. 
Los excavadores terminaron su tarea a las siete de la tarde, y lo hicieron saber. Las reclusas escucharon tres golpes en el suelo —la señal significaba «estamos abajo»— y respondieron con tres golpes más: eso era «estamos arriba». De inmediato, desde el túnel se hizo presión con un gato hidráulico y el piso se resquebrajó en cientos de grietas que las presas miraron en silencio. Entre los escombros asomaron las cabezas de dos compañeros con luces de minero en la frente y el cuerpo recubierto de polvo. Se veía el destello blanco de los ojos y las dentaduras: parecían alegres. Lo estaban.
Hombres y mujeres se tomaron de las manos velozmente —una especie de abrazo— y continuaron con el plan. Ellos se escurrieron por el túnel. Ellas colocaron una tabla y una manta encima, y siguieron como si nada ocurriera.
—A ver si esto te gusta más —una interna apoya su carta—: truco.
Las demás sonríen.
Pero siempre sonríen por esa otra cosa.
A diez cuadras del penal, cinco tupamaros ultiman los detalles de un plan que viene tramándose desde hace ya cinco meses. Entran y salen de una casa, confirman la nómina de autos que se llevarán a las fugadas conforme vayan saliendo del piso y pasan lista de los lugares donde serán alojadas temporariamente. Se respira un optimismo tenso. Quizás, piensan, la acción logre cumplir su objetivo: recuperar compañeros —en lo posible, sin derramar sangre— y dar un golpe moral que ponga en ridículo a las instituciones de la democracia burguesa.
Una banda de presas políticas vaciando la cárcel de Cabildo es, además de una gesta, una brutal provocación al gobierno de Jorge Pacheco Areco: un presidente que
asumió legalmente en 1967 —en reemplazo de otro mandatario que había muerto y que llevó a Pacheco Areco, entonces vicepresidente, a tomar su lugar— y que desde entonces lleva una gestión signada por el ajuste económico, la represión social y la prisión fácil para los militantes. La instauración intermitente de las Medidas Prontas de Seguridad, un eufemismo del «estado de sitio» que permite a la policía detener ciudadanos sin respetar sus garantías constitucionales, viene llevando tras las rejas a cientos de integrantes de partidos y movimientos de izquierda. Y logró que, desde el minuto cero, y ante la certeza de que no tendrán un juicio justo, todos consideren la opción de escapar.
En el caso del MLN, la posibilidad de escabullirse es mucho más que un plan de fuga: es una maniobra romántica que ayudará a construir un mito dentro de la izquierda
latinoamericana. Los tupamaros no solo quieren tomar el poder a través de la acción armada —como muchos otros movimientos de las décadas del 60 y el 70— sino que persiguen su objetivo mediante procedimientos de gran nivel de cálculo, creatividad y osadía. Los tupamaros roban bancos, toman pueblos, asaltan camiones con mercadería que luego reparten en los barrios pobres, denuncian empresas con manejos oscuros para el fisco, hurtan armas de las casas mismas de los militares, hacen secuestros valiéndose de autos robados que luego devuelven a sus dueños, y piensan las fugas con el arrojo de un desesperado —el movimiento tiene miembros de origen obrero y rural— y el cálculo de un ilustrado: también tiene integrantes de clase media universitaria.
El 8 de marzo de 1970, dieciséis meses antes de este escape, el MNL ya organizó con éxito la Operación Paloma, con la que sacaron a trece presas de esta misma cárcel. Y ahora, segundo semestre de 1971, tienen planeadas dos acciones más. La primera es el rescate del penal de Cabildo. Y la segunda —dos meses después— es la fuga de la cárcel de hombres de Punta Carretas: un evento al que se referirán como El Abuso —porque la cantidad de reclusos liberados será, dirán con ironía, «un abuso»—, que dejará afuera a ciento once presos, casi todos políticos, y que terminará en el Libro Guinness de los Récords por su dimensión escandalosa.
Sobre El Abuso se publicarán libros y artículos, se darán entrevistas, se harán documentales. Pero sobre la Estrella no habrá, en comparación, casi nada. Porque cualquier acción próxima al Abuso corre el riesgo de parecer pequeña. Y también, probablemente, por otras razones que no tienen que ver con el tamaño.
O que sí tienen que ver, depende del punto de vista.
La Operación Estrella estuvo protagonizada por mujeres. Aunque desde afuera fue tramada por hombres. El 30 de julio, a diez cuadras del penal, uno de ellos pasa revista con los ojos. Pilotos para la lluvia, calzado, armas, balas, documentos falsos, algo de dinero por si el plan falla y hay que salir corriendo antes de tiempo: todo está ahí, a la espera.
—Quiero retruco.
Y todas, en la cárcel, están a la espera también.
Son las nueve de la noche. Pronto el pabellón quedará virtualmente vacío. Sólo permanecerán adentro cuatro militantes: dos embarazadas (Luz María González y Ana María Da Costa) y dos que están prontas a tener la libertad y volver a la calle sin el peso de estar clandestinas: América García y María de los Ángeles Balparda. Pero las demás —principalmente tupamaras, pero también anarquistas y comunistas— serán parte de una historia que dejará una marca y una tradición. Cuando en 1975, en la provincia de Córdoba (Argentina), la organización Montoneros planifique el escape de la cárcel de mujeres del Buen Pastor —que dejará libres a veintiséis militantes de izquierda—, parte de la asesoría vendrá de algunas de las personas que participan hoy de la Operación Estrella.
Pero nadie piensa ahora en el futuro. El porvenir es un horizonte necesario como sostén ideológico del MLN —en función de eso se lucha—, pero es un estorbo en las acciones militares: si se cae en las categorías del Tiempo, llega el miedo. Y con miedo no se puede actuar.
Los minutos previos a la fuga son observados por las reclusas con el ojo matemático con que se analiza el tablero en un juego de estrategia. A las diez de la noche, ven cómo las guardiacárceles hacen su ronda de cierre. El pabellón de políticas es como una casa de varios ambientes —hay un único candado que cierra la puerta principal— donde cada presa, tal como estaba planeado, cumple una función. Algunas reciben remedios y pastillas para dormir. Otras limpian, leen, estudian, cocinan, toman mate o juegan a las cartas. Las celadoras las observan sin pasión: todo parece normal, así que echan llave a la reja central y —esto no lo saben— dejan el sector librado a su suerte.
Graciela Jorge, veintitrés años, uno de los mayores referentes femeninos del movimiento, se sienta entonces sobre su cucheta y hace un último control.
Ya están listos los «muñecos» —piyamas que a último momento fueron rellenados con ropa— y están siendo colocados en las camas para simular que las presas están durmiendo.
Ya están encendidas las radios con el dial fuera de señal, para que el crepitar de la estática genere un ruido similar a un coro de ronquidos.
Ya están yéndose a dormir aparte las cuatro reclusas que no escaparán: aislarlas es una forma de protegerlas.
Ya está el resto vistiéndose como corresponde: pantalones con la botamanga dentro de las medias, una pollera enrollada a la cintura, zapatillas bien atadas, un pañuelo blanco colgando del cinturón en la parte trasera —para servir de guía a la que va detrás— y otro pañuelo en el cabello para no ensuciarse tanto con las descargas
cloacales.
Y ya está aclarado el orden de la fila: habrá tres grupos. El primero, con la gente de la dirección y las compañeras con condenas más pesadas. El segundo, con las que están más livianas, priorizando a las que se encuentran en el sector militar. Y el tercero con las organizaciones que no son tupamaras.
Es la hora de irse.
A las diez y media de la noche, tres internas retiran las cartas de la alfombra, corren la tabla y quedan de cara a la exhalación cavernosa del boquete. La primera  Alicia Rey Morales, la Negra, el cuadro femenino más importante— se sienta en el borde, deja colgar las piernas y da un salto hacia una boca de la que nada se intuye, ni siquiera el final. Pronto toca fondo. El espacio es mínimo y apenas le permite, a tientas, acomodarse en cuatro patas. Lo hace; mira hacia adelante: hay un túnel cargado de un aire gomoso como un buche de petróleo. Mide dieciocho metros, es estrecho y termina en una cloaca, pero no le importa. La Negra desaparece con el hambre de una comadreja.
La siguen treinta y siete mujeres más. 

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