La mujer maravilla

La mujer maravilla

T/ Cecilia Navesnik F/ @Courtesy press office

 Hija de padre alemán y madre italiana, vivió su infancia en el campo. Es la hermana menor de una actriz. De pasado y presente documentalista, Alice Rohrwacher se consagró en el Festival de Cannes 2014 cuando su segunda película de ficción ganó el Gran Premio del Jurado. Con realismo cálido y tono contemplativo, sus films hablan de las tradiciones, el mundo contemporáneo y la magia de la vida cotidiana.
 Todo empieza en la oscuridad. Primero los ruidos del entorno, el tráfico de una autopista. A lo lejos aparecen los faroles de unos autos. Se descubren texturas, contornos, figuras; los vemos a contraluz. Algunas personas caminan con linternas. Susurran. Otras cantan. Escuchamos sus pasos sobre el suelo de tierra. Alguien avisa que llegaron al lugar indicado, otro descarga una gran marioneta, un tercero pregunta qué hay que hacer. “Orar”, le responden. Así arranca Corpo celeste, su ópera prima. Luego de los títulos iniciales ya amaneció. Con un fondo de pósters de candidatos y megáfonos escupiendo propaganda política, la procesión deviene fiesta religiosa.
En su segundo film, Le meraviglie, también hay oscuridad al principio. Las luces lejanas de unas camionetas avanzan por un camino sinuoso. Durante un rato parecen luciérnagas. Cuando se detienen, hombres vestidos como militares bajan armados con perros y escopetas. Empiezan a escucharse los ladridos. También tienen linternas. Con ellas recorren el terreno, están en el campo. Alguien señala una casa: “¿No la habías visto nunca? Siempre estuvo ahí”. Los fulgores pintan fragmentos de una fachada algo derruida. Las luces se cuelan por las ventanas, nosotros también. Adentro hay niños durmiendo.
Alice Rohrwacher cree que de la crisis pueden nacer cosas muy valiosas. A juzgar por sus dos películas, de la oscuridad también.


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AMATEURS: Moño de organza 2017 GF#17 (2017)

AMATEURS: Moño de organza

 “Cuando éramos chiquitas hacía nuestros vestidos y se cosía incluso los suyos. Siempre supe que quería ser diseñadora y creo que mucho tiene que ver con la admiración que tengo por ella”, dice Belén Pérez Tucci. Y cuando dice “ella” se refiere a su madre, Mariana, con quien creó su marca NEGRA en 2011. “Somos madre, hija & hermana. Mamá hace el trabajo más dulce y profundo, se encarga de las molderías y el corte de las telas, prenda por prenda (como en los bellos viejos tiempos). La paciencia y el amor por lo que hace se impregna en cada pieza que hacemos y en el aire de nuestro estudio, haciendo que todo sea más suave. Tiene un don que adoro. Amo el ruido de las tijeras cortando sobre la mesa todos los días, se hizo música”.

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Amélie Nothomb / Fetichista de la lengua 2017 GF#17 (2017)

Amélie Nothomb / Fetichista de la lengua

 Ella es “la” escritora belga por excelencia, basta con googlear la cantidad de libros que publicó en francés (su lengua) y sus traducciones a más de cuarenta idiomas. Amélie Nothomb es considerada una de la escritoras francesas más populares y con más proyección internacional. Autora de 24 novelas publicadas –en septiembre se cumplieron 25 años de su debut–, una obra de teatro y de otros tantos cuentos, guiones, relatos cortos y obras inéditas que tiene guardadas. Asegura que escribe 4 al año, de las que publica sólo una. Su producción literaria es frenética, desbordante como su vocabulario y su talento, pero lo maravilloso del caso Nothomb, quien fue elegida miembro de la Real Academia de la lengua y de la literatura francesas de Bélgica, es que no por mucho ha pecado de malo. Al contrario, con cada novedad se las ingenia para volver a sorprender a sus lectores (una horda de fans que hizo de su literatura, su alimento), sin otra fórmula que lo natural –y fascinante– de su estilo: excéntrico, autobiográfico, inquietante, conmovedor, desfachatado, intelectual, ácido, absurdo, satírico, loco, brillante y verborrágico.
Se levanta todas las mañana a las 4 am y escribe a mano durante cuatro horas. Luego vive para contarlo, y así nos va entregando de a una las piezas de un rompecabezas que es su vida. A veces se abstiene de la autobiografía, aunque sus lectores solemos encontrarla en esos guiños que nos regala a través de referencias literarias, musicales, en esos personajes que la acompañan siempre, como Nishio-san, Juliette o Rinri; o en aquellos temas que la obsesionan, como Dios, el agua, el champagne, la comida, Japón.
En Gata Flora adoramos a Amélie Nothomb, no sólo por su obra, que invita a la reflexión sobre los temas más diversos sin prejuicios ni clichés, sino también porque nos divierte el personaje que ha construido de sí misma. Ella es tan Gata Flora… Sobre su vida y obra, aquí sigue un intento de aproximación a la vida y obra de un personaje bastante inabarcable.
Nothombianas: ustedes ya saben de qué va, ojalá sumen algo. Para las que aún no la conocen: bienvenidas, llegó la hora de hacer uno de esos descubrimiento tan anhelados.

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CUENTO: ASADO 2017 GF#17 (2017)

CUENTO: ASADO

 Llegué temprano, demasiado incluso. No había nadie más que la dueña de casa, enseguida le elogié el departamento y le pedí que me mostrara dónde estaba la parrilla. Nunca había hecho un asado pero esa vez, en la larguísima cadena de mails entre colegas mujeres que desembocó en una reunión de fin de año, me ofrecí para prender el fuego.
Más que ofrecerme, las engañé diciendo que yo sabía para que nadie se bajara del plan, tentadas a pedir delivery ante la ausencia de asadoras que nos convertía en un montón de inválidas: inaceptable. Así que di mi palabra, con la vaga esperanza de que algún video de YouTube me enseñara eso que parece un arte tan difícil: poner carbón, palitos, papeles de diario, darle mecha y esperar.
El monoambiente con un fondo enorme, mitad patio con macetas y mitad jardín con pasto, era lujoso para San Cristóbal. En una parte del patio tenía un espacio para hacer el asado bajo una enredadera, una mesada revestida en ladrillos refractarios sobre la que se ponían dos ladrillos sapo y una especie de enrejado de hierro.
Había dos bolsas de carbón, más que suficiente. Yo tenía puesta una blusa color crema espantosa que me compré porque en el probador me pareció que me quedaba bien, una cosa con volados. No me importaba manchármela y hasta esperaba ensuciarme para que me quedara marcado en la cara y en las manos, con trazos de carbón, el trajín y el sacrificio de pasar la noche junto al fuego, manipulando pinzas y brasas amenazadoras.
Otra persona más se había ofrecido en los mails para ayudar con el asado, un tal José. No sabía quién era, quizás el novio de alguna colega, pero esperaba tener todo listo antes de que llegara. Primero, porque no me gusta demasiado compartir el trabajo. Segundo, porque en algún resquicio al fondo de la mente me daba vergüenza la posibilidad de que mi instructivo de internet no sirviera para nada y el fuego fracasara enseguida.
En el video que había elegido, un tipo al que no se le veía la cabeza enrollaba unas hojas de diario, hacía conos que después convertía en especies de coronas y las acomodaba una encima de la otra. Después iba apilando pedazos de carbón alrededor, prolijamente hasta llegar a la cima, y metía un fósforo encendido por algún huequito en el costado de esa montaña. Corte. Treinta minutos después, todo era brasa grisácea que se deshacía sobre sí misma. Sólo hacía falta desparramarla un poco y ponerle la parrilla encima.

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CUENTO: OLVIDAR A FREDDY 2017 GF#17 (2017)

CUENTO: OLVIDAR A FREDDY

Estoy tan triste que podría empezar un diario de vida.
Eso escribió ella en uno de los cuadernos repartidos por su pieza. No en la primera hoja, sino en una del medio, una cualquiera, para no darle tanta importancia, porque aun con el lápiz en la mano se resistía a la idea. Empezar un diario le sonaba a algo infantil y rosa. Y peligroso, parecía peligroso escribir sus sentimientos. Claro que había escrito diarios antes, muchos, desde quinto básico hasta cuarto medio. Cada día sagradamente, aunque no tuviera nada nuevo que contar. Entonces usaba un lenguaje en clave, porque era consciente del riesgo que corrían, solos e indefensos en el cajón de su mesa de luz cuando su madre hacía aseo. Entonces se dirigía a alguien, como si escribiera una carta, no al diario o a una voz omnisciente, sino a sí misma. Una carta a la mujer que sería en el futuro. Por alguna razón no quería olvidar nada de lo que le sucediera. Por alguna extraña razón estaba segura de que cuando tuviera la edad que hoy tiene volvería a leerlos, y que, entonces, un destello de orgullo brillaría en sus ojos, siquiera una sonrisita de complicidad. Pero los diarios se perdieron, los puso en una bolsa de basura para una de sus mudanzas. No tenía sentido seguir cargándolos, eran demasiado pesados.

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