SARA GALLARDO / Sara y las Saras

SARA GALLARDO / Sara y las Saras

T/ Tito Villar

Sara, la sin tiempo. Escribe en un jardín, dice que es su maestro. Y no miente, sus palabras son botánicas. Lo obvio, lo humano, la aburría. Su original manejo del lenguaje; su displicente decir literario; su poética desparramada como falsos accidentes en la narrativa; su humor oscuro, traicionero; su jardín, el maestro.
 



Entrevistar a Sara no se puede. Murió hace 30 años, a sus 57, de un ataque de asma en una visita a Buenos Aires. Pero con leerla sobra. "Las obras son las máscaras del autor", escribió, y ese dicho es de una sinceridad y transparencia terribles. Sus novelas están narradas con una voz filosa, que hace de la tragedia una ironía, un chiste inteligente. Los amores en sus historias son tan reales que no son más que profundas soledades, incomprendidas. En el resto, que se escapa de la máscara inteligente, del follaje de su estilo, está su jardín.
Y fue el asma que la mató, la causa de su nacimiento literario. Confinada a la cama, Sara, la niña, no hacía otra cosa que leer y escuchar las narraciones de su padre. Por él conoció La ilíada de Homero. En una entrevista, que le hizo Reina Roffé en el '77 para la revista Siete Días, cuenta: "De niña, yo estaba casi siempre enferma. No fue una tragedia. Por el contrario, creo que los chicos enfermos tienen bastante suerte en ese sentido: Ciertos estados, a veces patéticos, desarrollan el universo interior de las criaturas. No están solos, la fantasía los acompaña".
Según Sara, Sara era fea. Sus entrevistadores la veían parecida a una Modigliani. Las mujeres que pintaba el italiano tenían cuellos y rostros alargados. Para quien la escribe, sus facciones son las de una galga. Carmen Gándara dijo que se parecía a una planta. Fue gracias a ella que Sara publicó en 1958 su primera novela, Enero.
Su ópera prima es la historia de una adolescente embarazada contra su voluntad. Nefer, la niña que narra, trabaja en el tambo de una familia rica y religiosa, y vive con su madre y su padre, pobres y también muy creyentes. La voz de la protagonista, tan contrariada y asustada con su cuerpo y el mundo, deja entrever la empatía de su autora, que no tuvo recaudos en poner en boca de su heroína, aunque inconscientemente para el personaje, temas como la hipocresía terrateniente, la naturalización machista de la violación, el sinsentido de las penitencias eclesiásticas y el aborto clandestino como marcada diferencia de clase. 60 años cumplió esta novela. ¿Llevaría nuestra Sara un pañuelo verde? Mucho no le importaba el qué dirán: "En cuanto al cambio de mi imagen ante la gente al aparecer Enero, debo decir que nunca tuve idea de cuál era mi imagen ante la gente: la mitad de mi vida es imaginaria", escribió en Mi maestro: Un parque, un texto autobiográfico para la revista Bazar en el 77.
Con la voz de Nefer dice: "Las cosas escondidas no pueden hacerse de acuerdo con los patrones porque ellos no comprenden. Los patrones y los policías tienen ideas parecidas". La sutileza de decir a través de su máscara lo que nadie decía. Construye un discurso amalgamando el hablar campechano, una crítica social y su poesía ocasional; y todo lo introduce en el cuerpo de una niña enamoradiza. El resultado son párrafos como el siguiente: "¿Qué es el día, qué es el mundo cuando todo tiembla dentro de uno? El cielo se pone oscuro, las casas crecen, se juntan, se tambalean, las voces suben, aumentan, son una sola voz. ¡Basta! ¿Quién grita así? El alma está negra, el alma como campo con tormenta, sin una luz, callada como un muerto bajo la tierra".
Sara tuvo apellidos: Gallardo, Drago, Mitre. Tuvo tatarabuelo, bisabuelo, abuelo y padre; nombrarlos sería traicionarla. Fueron hombres importantes en la historia argentina. Sus apellidos le valieron formar parte de la aristocracia, condición que aprovechó de lleno en su literatura. Así como Oscar Wilde se codeaba con la crème de la crème victoriana, y en sus obras ironizaba su moral, Sara destapaba en su narrativa el clasismo cotidiano con una oda al sarcasmo, tan sutil que no parece.
"Cuando yo tenía 11 años, papá compró un campo en Chascomús, en donde yo me puse en contacto con toda esa realidad gauchesca que tanto aparece en mis libros: la pampa me impresionó mucho y definitivamente marcó mis libros", le decía Sara a Esteban Peicovich en una entrevista del 79. "Es decir, soy una mujer de a caballo", le completa, dando a entender que ser mujer no le impidió nunca llevar las riendas.
De su experiencia en el campo nace Enero. Cuenta en su texto para Bazar que "surgió de la visión fugaz, en un sulki, de una chica con un bebé, a quien un domador al que admiraba acababa de abandonar". Apenas una escena hizo falta para que Sara replicara en sus páginas una historia mil veces vivida e ignorada. "Algunos se sorprendieron por mi conocimiento de ese ambiente. El único maestro es el amor, esa intensidad de atención, y yo quise todo lo del campo llano con pasión: durante años mis hermanos y yo comimos con la gente que trabajaba en ese campo". Compartió la mesa con los personajes de sus libros, los escuchó, los sintió. No era una niña aristócrata que esperaba su caballo ensillado para salir a pasear por las extensiones de su padre. La niña Sara jugó en la tierra con la niña Nefer. Ella, la del jardín como maestro, era una par de ellos y ellas que tenían el campo como maestro: "El orgullo era saber ensillar, agarrar caballos a campo abierto". Va Sara, la de a caballo, galopando la pampa y volteándola al andar.
Sara tuvo dos hombres, dos amores, dos pares: Luis Pico Estrada y Héctor Murena. Ambos escritores, padres de los hijos de Sara. Con Pico Estrada se casó a sus 16, él tenía 19. Llegó su primera hija, Delfina, y su primera novela. Delfina murió poco después, y con ella el entusiasmo que le generó el reconocimiento de Enero, "Fue tan importante la maternidad que la aparición del libro me pareció un hecho pálido", le confiesa a Peicovich en la citada entrevista, y Sara, la de las muertes, sigue: "En fin. Sufrimos, la vida siguió". Siguió en Pantalones Azules, nouvelle que le dedicó a su primer marido, injustamente tratada por ella y los críticos. Paula y Agustín, sobreviven a su hermana, Delfina, y luego se completan con Sebastián, el menor, hijo de Murena. Los hijos, la forma de su amor, fueron un soporte, una casa.
Cuando Pantalones azules hizo su entrada en 1963 pasó desapercibida, casi camuflada, como si hubiera sido escrita en clave de novela adolescente a un amor imposible. El protagonista, Alejandro, es un joven nacionalista, de buen apellido y un recalcitrante catolicismo militante. Se debate entre el amor casto y puro por su prometida, Elisa, y el efluvio hormonal que le genera, Irma, una adorable y frágil estudiante de bellas artes, inmigrante y con ascendencia judía; el horror para Alejandro. Sólo comprendiendo el humor ácido del que era capaz Sara puede leerse el verdadero entrelíneas de la novela, que no es más que una parodia del proyecto de macho, o "machirulo" en la jerga actual, que eran, y son, ciertos jóvenes. Aquí, la caricatura en todo su esplendor: "Ya sin camisa hinchó varias veces los músculos ante el espejo, contento de su apariencia, del brillo de su medalla de bautismo sobre el pecho, y abriendo de nuevo el cajón sacó la pistola. Con la mano en la cadera y la boca apretada hizo ademán de tirar y lo repitió tanto que, aburrido, rezó sus oraciones y se puso a dormir". Sara, la desclasada, mira desde un costado la burbuja, como muchas veces llamó a ese mundo, en el que creció y se ríe, más con ternura que con malicia.
Sara, la galga, da a luz a sus crías en 1968 con Los galgos, los galgos, su tercera y más extensa novela. "Iba a ser un cuento sobre Chispa, una galga amarilla de mi padre. Apenas se lo conté, H.A. Murena dijo que me lanzara a escribir un libro largo. Me pareció raro pero obedecí", cuenta Sara en Mi maestro: Un parque. Además, incurre en una observación de Murena: "Me había dicho que hablaba con mayor personalidad de lo que escribía, procuré explayarme de un modo coloquial, olvidando al principio prolijidades de estilo. Así que corregirlo fue una tortura". Pero la tortura de Sara fue la bendición de sus lectores. Esta novela fue, y es, la más celebrada por el público. El tono de la narrativa es de una actualidad increíble, podría pasar desapercibida en un estante de autoras jóvenes argentinas. La extensión de la novela también le permitió jugar con diversas capas y ambientes narrativos, pasa del campo a la ciudad, de la Argentina al exterior, del presente al pasado, del melodrama a la comedia y del erizo al asombro, con una ligereza impiadosa.
Los galgos, los galgos es sobre todo una novela de dualidades. Está narrada por Julián, hijo heredero de un campo, Las Zanjas, que intenta, sin mucho éxito, una vocación estanciera hastiado de su trabajo como abogado, profesión que ejerce por inercia y acomodo. Lisa, también artista, adorable y frágil como la Irma de Pantalones Azules, es la novia de Alejandro. Juntos construyen la casa soñada como casco de estancia, y la pueblan con galgos, de carne y hueso y en variadas efigies. Su búsqueda coloquial llevó a Sara a una narrativa limpia, donde la poesía cuelga con naturalidad y crea pasajes que se leen como un río: "A veces todavía, juntos en mi cuarto de Buenos Aires, juntos en su casa, corríamos con la vieja sed uno hacia el otro, y yo encontraba aún que su boca era la única que besaría hasta el día de mi muerte, y que sus ojos, que estando tendida la luz atravesaba como a las bolitas con que jugaba en mi infancia, eran motivo de incomprensible felicidad para mí, lo mismo que las confusas onda de su pelo, libres de las horquillas, esparcidas en mi almohada. Y ella veía en mi lo que siempre dijo que veía, causándome tanta dicha, cosas que luego yo buscaba en el espejo sin encontrarlas".
"Es la historia de dos enamorados que hacen que el amor esté condenado a muerte", dice Sara sobre Los galgos… en la entrevista que le dio a Roffé. La interpelan sobre su postura frente al amor, y Sara, la del amor como maestro, como un parque, responde: "El amor es eterno cuando es verdadero, pero cambia de forma como todo lo de este mundo. Resulta casi intolerable soportar las transformaciones del amor. La tensión alcanzada en el estadio de pasión deriva hacia otra manera, que puede ser dulce y pacífica, pero a veces no basta y provoca, finalmente, un estallido, un corte".
Sara, enamoradiza pero golpeada, aunque real, dice que le han dicho que sus personajes no luchan por nada, y ella les responde que no, que "simplemente saben que contra la adversidad o la ruptura del amor no se puede luchar". Duelen sus tramas, sus giros narrativos, sus protagonistas, más que nada masculinos, tomando decisiones odiosas. Dan ganas de meterse en el libro, cazar a Alejandro de las solapas de la camisa y gritarle. Pero al final del día, Sara, la sabia, escribe con la verdad, con la vida misma; y la intensidad de sus personajes, el entramado de sus sentimientos, es de tal profundidad que uno quiere quitar la máscara y abrazar a Sara, la que escribe en un jardín.
Murena fue para ella la intensidad, y por lo tanto, otro maestro, otro parque. Es él quien la empuja a correrse una vez más de su lugar, y de ese corrimiento nace su cuarta novela, la más oscura de todas, Eisejuaz, "es la historia de cualquier vocación. Ese indio alguna vez se creyó llamado a salvar su tribu de la abyección, pero sirvió solamente para algo tan incomprensible y repugnante como ponerse al servicio de un blanco malo e inútil", escribió Sara sobre su obra.
Entre literatos e intelectuales consideran a Eisejuaz como su obra más sesuda, la piedra angular que terminó por ubicar a Sara, la enarbolada, como parte fundamental de la literatura argentina. Su amigo Manuel Mujica Lainez escribió en una carta que le envió: "¡Qué libro extraño y bello has logrado! No imagino cómo se te ocurrió, ni cómo te atreviste a emprenderlo".
Sara, la viajante, anduvo por varios lares del país, y luego de un par de visitas al chaco salteño concibió a su indio, Eisejuaz, según Mujica Lainez, "un héroe mitad ángel y mitad monstruo". Dios le envía señales al mataco, y este, en un monólogo místico se prepara para recibir el perdón; sigue las indicaciones del todopoderoso y actúa bajo su tutela. Lo más destacable no es el delirante discurso del nativo, sino la lengua que le inventa Sara, un idioma nuevo para una literatura nueva. "Nada le hablé. Era una mala mujer, amiga del diablo. Mi padre también curaba, pero fue hombre bueno. Que llamar a los fuertes, a los mensajeros, a los demonios que se esconden tenía, era hombre bueno y curó a muchos; y no curó más, bautizado en el campamento. Canto cuando murió. Cantó su canto de muerte, como mataco macho, como hombre mataco", es solo uno de todos los pasajes del testimonio ficticio de este abandonado.
Ante todo, los personajes de Sara, su demiurga, son un abandono, solitarios, incomprendidos. Una niña embarazada contra su voluntad que no tiene a quien confesar su no pecado; un joven antisemita que no concibe la posibilidad de desear el objeto de su odio; un tipo indolente que se la pasa posponiendo su felicidad en un autoboicot insufrible; y un indio mataco que se cree maldito y hará todo por el perdón de un dios que le inventaron. Las novelas de Sara reflejan la profunda soledad del lector que se le atreva. Pero esa percepción de la realidad no es desmotivante. Cuando Reina Roffé le preguntó si se resignaba fácilmente, Sara respondió: "Jamás. Soy como los elefantes".
Murena, el gran amor de Sara, murió en 1975. El hijo de ambos, Sebastián, escribió para el diario La Nación una nota sobre su muerte. Según él, Murena bebía mucho, y más sobre el final. Cuenta en su perfil que bebía en su departamento de la calle San José, y allí fue a buscarlo su madre, para llevarlo a la casa matrimonial de la calle Pellegrini, donde finalmente murió de un paro cardíaco. Dos años después, Sara, la viuda, le dedica a H.A.M. el último cuento de su único libro de relatos, El país del humo. El cuento se llama Un solitario. "Es el retrato de un poeta en un barrio de Buenos Aires, un poeta que entra en una especie de noche oscura del alma. En verdad, es el retrato de H.A. Murena", le cuenta a Roffé, y después le suelta: "Cuando vivía nunca necesité dedicarle un libro: sabíamos que toda yo soy un homenaje a Murena". Según la entrevistadora, Sara, la de luto, se arrepiente de esta última confesión, porque ella era un homenaje, pero de no de Murena, sino de un parque.
Dos años después, en la entrevista que le concede a Esteban Peicovich en Barcelona, volviendo al luto de Murena dice: "Pertenezco a la gente que vive en comunión con sus muertos. Siento esa presencia muy cerca y por ejemplo no comprendo que se diga que los matrimonios se disuelven con la muerte. Esos lazos son eternos". Para ese entonces estaba presentando la que sería su última novela, La rosa de los vientos, que dedicó a A.H.A Murena, "In memoriam".
El país del humo reúne cuentos de lo más variados. A propósito de este volumen, Sara dice: "Hacía tiempo que echaba de menos un libro de historias en las que pasaran cosas, de esos para meterse en la cama a leer en una noche de lluvia, y que duraran, y que fueran muchas". Entra por primera vez en el cuento fantástico, y deja su huella. Una vez más, el lector contemporáneo se sorprenderá con la actualidad de la narrativa.
Para Leopoldo Brizuela, gran lector y rescatista de Sara, estos cuentos son "una reescritura de la historia argentina tal como la concebía, al menos desde el '80, la clase social en que esta autora nació, un asedio poético a la cerrada cosmovisión de la oligarquía". Brizuela dice en su reseña para Página 12, Escrito en llamas, que la intención de Sara no es sólo exponer la decadencia de su clase, al igual que su amigo Mujica Lainez, sino que busca sobrevivirla. Las historias van desde un granadero que es salvado por un yeti de los Andes, hasta una invasión de ratas que vivían bajo las casas que se removieron para la construcción de la Avenida 9 de Julio, pasando por una mañana kafkiana en la que un viejo se despierta en mitad del océano. Sara, la inacabable, narra.
Sara, la no femenina, contaba que una vez escuchó decir a su padre: "Que buen libro. Parece escrito por un hombre", y desde ese entonces se juró no escribir como mujer. Adelantada y feminista, no sé si proclamada, así explicaba su teoría: "Nunca me interesó la literatura llamada femenina, la mentalidad del harem, la visión del ojo de la cerradura. Cuando una mujer logra su estilo verdadero es porque pulió su ultrapercepción femenina en formas de rigor viril. No machista, no obscenidades ni palabrotas (así imaginan lo viril las mentalidades de harem puestas a jugar al macho) sino depuradas hasta conseguir diamantes: Virginia Woolf, Clarice Lispector".
No reniega de su condición de mujer, sino que de la imposición femenina y sus efectos en la escritura. Por el contrario, Sara trascendió esos supuestos literarios, creó y fue parte de una nueva literatura que hoy es fundamental para el acervo de escritoras como Selva Almada, Gabriela Cabezón Cámara o Samanta Schweblin.
Luego de la muerte de Murena, Sara, la madre, se refugia con sus hijos en Córdoba. Allí se paseó entre La Cumbre y la casa de Mujica Lainez es Cruz Chica. Después de un año místico en las sierras se mudan a Barcelona. Desde ese momento Sara y sus infancias a cuestas, con una galga dorada que se les pierde en España, serán una familia nómade que andará por las Europas y el resto del mundo. De esos viajes son indispensables sus crónicas. Si bien Sara es en el imaginario intelectual una novelista, sus trabajos para la prensa gráfica dejaron una marca fundacional para el nuevo periodismo.
Lo mejor de la Sara periodista fueron sus columnas para la revista Confirmado. En este formato se permitió transformar la tarea de informar, tanto que en un supuesto ímpetu por desinformar los temas que trataba generaba en sus lectores una humorada que les imprimía su opinión sobre los más diversos temas. Fue gracias a su hija, Paula Pico Estrada, que estas columnas hoy pueden leerse en un libro, Macaneos. La hija que da a luz a su madre, la trae a la vida. El volumen se editó en el 2015 por Ediciones Winograd, donde Paula trabaja como editora. En una entrevista para el programa Otra Trama de la TV Pública, la hija confiesa que casi no ha leído las ficciones de su madre: "Me cuesta leer algunas cosas, porque hay un tono melancólico y cierta construcción de su voz que me es muy ajena (...) No es algo a lo que me quiero asomar". Sin embargo, dijo que cuando empezó a leer las columnas "fue recuperarla viva". Sara, la mordaz observadora. No sólo narraba los sucesos de su época, sino que los volvía atemporales y leíbles para las generaciones futuras, por más que no se lo propusiera. "Lo que más me impresionó es como se proyectan hacia el presente. Uno puede leer la Argentina de hoy desde esas columnas", dijo Paula, la hija que recuperó a su madre.
Editorial Excursiones se encargó en 2018 de rescatar el resto de la Sara periodista en el libro Los oficios. Prologado y compilado por Lucía de Leone, que hizo lo propio con el volumen de Ediciones Winograd, este libro recupera notas, crónicas, entrevistas, páginas de moda, consejos domésticos y todo tipo de formato en el que incurrió Sara para publicar en el diario La Nación, la revista Atlántida o publicaciones más frívolas como Claudia. En todos los textos, no importa su seriedad o banalidad, Sara sigue siendo la del jardín como maestro, distinta pero igual. De Leone también recupera las entrevistas de Roffé y Peicovich citadas. Sara, que de todo sabía un poco, escribe sobre el alucinante Napoli de Maradona, una crónica el funeral de su leído Borges, se mete con lujo de detalles en el automovilismo y entrevista a Gregory Peck en Italia.
Los oficios es el cenit de un homenaje que tardó 30 años en llegar. Comenzó en el 2004 con la publicación de la Narrativa Breve Completa a cargo de Leopoldo Brizuela para la editorial Emecé. Recién en el 2010 Abelardo Castillo incluye Enero en la colección Los recobrados de Capital Intelectual. Cuenco de Plata reedita El país del humo en 2015, y Eisejuaz en 2017. Editorial Sudamericana es la afortunada que relanza Los galgos, los galgos en 2016. Y la bellísima editorial Fiordo vuelve a publicar Pantalones azules en el 2017 y Enero a principios de 2018.
Sara, la que volvió de la muerte, hoy vuelve a las librerías, a los diarios. Sara, la madre de sus hijos, la dueña de sus galgos. Sara, la poeta que escribió novelas y ni un poema. Sara, la que amo a Murena. Sara, la que hay que leer para entender nuestro presente literario. Sara, la que nos escribió. Sara, la que escribe en un jardín, dice que es su maestro, pero es ella el jardín, la maestra.

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